BARES DE BARRIO
Quiero hacer una apología de los bares de barrio. Qué entrañables y auténticos son los bares de barrio, y qué poco se les valora en estos últimos tiempos...

Mi padre, que es mozo desde hace tiempo, ha tenido que "pasar por el taller" para que le repararan una pieza de su ya castigado aparato cardiovascular y, debido a ello, durante este último mes me he visto obligada a cambiar mi residencia habitual por una clínica privada de una zona céntrica de Madrid. Este es otro tema del que hablaré algún día, el de las clínicas privadas en zonas céntricas de Madrid (o de Cincinnaty, Ohio, que imagino dará igual).
Pero hoy quiero centrarme en el aspecto gastronómico de esta aventura. Tan pronto nos mudamos al que sería nuestro nuevo hogar por tiempo indefinido, me dispuse a explorar la zona y pude comprobar que estaba muy bien ubicada. Boca de metro en la misma calle, estanco, farmacia, quiosco y hasta un súper.
Fantástico.
Pero el cúlmen de mi gozo llegó cuando descubrí que a escasos metros de nuestro portal había un Vip's con su correspondiente Ginos anexado. ¡Aleluya! -pensé- los dioses han sido generosos, después de todo.
A lo largo de los días fui recibiendo visitas de gente amiga que aprovechaba las horas de comer o cenar para sacarme de mi cárcel con olor a desinfectante, e indefectiblemente, cuando habíamos de acordar el encuentro, nos volvíamos todos unos autómatas y en un tono impersonal y casi metálico escupíamos: En el Vip's a las 2; en el Vip's a las 8; en el Vip's a la 1...
No existía discusión, ni tan siquiera duda, si había un Vip's cerca ese era el lugar donde daríamos el golpe.
Lo más dramático del asunto es que cuando tenía que comer o cenar yo sola, y tras comprobar que la cafetería del Sana-hotel no era una opción, también me iba sin pensarlo al Vip's o a su correspondiente Ginos anexado.
¿Y para qué? Para estar 30 minutos de reloj esperando en una cola llena de autómatas como yo que también tienen que comer ahí por narices; para sentarme finalmente medio mareada por el calor y por el hambre y esperar otros 30 minutos a que me traigan 1/4 de litro de agua con polvos gasificados del color del excremento; para engullir por fín mi super-ensalada de la "zona sana" de la carta que lucha a duras penas por mantener su identidad de ensalada y no convertirse en una sopa de sucedáneo de aceite, y como colofón, y siempre dos horas después de pedir la cuenta por tercera vez, para pagar una media de 15 euros por persona a cambio de toda esa cantidad de basura.
Han sido demasiados días y seguidos en los que esta pauta se ha repetido como si de un bucle en el tiempo se tratara.
Y entonces ví la luz. De repente recordé aquellos años de mi infancia en los que tenía que aguantar el tipo mientras los mayores se tomaban una caña (o dos, o tres...) en el bar del barrio, hasta que de forma incomprensible se hacía la hora de comer o cenar y decidían quedarse en el bar de barrio a picar unas raciones, a picar ellos, que a mi siempre me apañaban con un buen Pepito de Ternera. Y qué Pepitos de Ternera, señores, que con un solo mordisco de ese Pepito tenías más nutrientes para desarrollarte en el siguiente año que los que pueda tener cualquier niño de ahora en un mes de comidas-meriendas-cenas en el Vip's (véase cualquier equivalente) o en su correspondiente Ginos anexado.
Achiqué los ojos y la neblina empezó a dispersarse... y los ví. Estaban ahí, habían estado ahí desde el principio, a lo largo de la acera, en esquinas escondidas, ahí estaban aquellos bares de barrio. Me armé de valor y entré en uno de ellos. Al principio me resultó desconcertante porque no fui capaz de reconocer ningún color o mobiliario identificativo, no había "emes" ni "uves" en tonos ácidos y el camarero no vestía gorra ni delantal a juego sino vaqueros y una simple camisa blanca algo grasienta.
Aquello resultaba caótico, casi grotesco con un póster del Atletic al lado de un cartel de toros carcomido, el décimo de la navidad y la postal de Cuba, y al lado de un pedazo de folio en el que alguien con pulso dudoso había escrito "Hay callos", un pizarra torcida que rezaba "Menú del día".
Me empecé a poner nerviosa porque esos locos aseguraban tener lentejas, pisto manchego y filetes rusos en salsa entre otras cosas, y encima decían que todo estaba hecho allí, pero desde el comienzo, es decir, desde el momento en que abres el saco de lentejas y las pones a remojar.
Aquel día me cambió la vida. Jamás volví al Vip's ni a su correspondiente Ginos anexado, a cambio, comencé a disfrutar de los mejores manjares que mi memoria pudiese recordar (incluyendo el añorado Pepito de Ternera a la hora de la cena), con su Coca Cola embotellada y su flan casero, todo servido de inmediato y con la mejor de las sonrisas. Y lo que es aún más desconcertante, esta vez a cambio de 9 euros, impuestos incluídos.
Decidí frecuentar esos lugares incluso en el café de la mañana, y al cabo de un par de días me regalaban churros mientras se interesaban por la recuperación de mi progenitor y se despedían con un "¡hasta mañana reina!", que hacía que mi cárcel con olor a desinfectante ya no me resultara tan pequeña ni su olor tan repugnante.
Desde aquí mis gracias de corazón a los Bares de Barrio.

msdalloway dijo
Jamás entenderé cómo puede gustarle a la gente un sitio impersonal con gente asqueada de su trabajo y con la misma p... comida en todas partes. Lo mejor de visitar otro lugar es probar su gastronomía, incluso aunque al final decidamos que no nos gusta. No hay nada peor que ir de franquicia en franquicia aborregado. Todos vistiendo Zara-Springfield-Promod-Duti, con bragas de Women's Secret u Oysho, bolsos de Factory, a comer en Vips o MacDonald's... ¿Para eso merece la pena abandonar la ciudad de uno? Hay más novedad en mi fogón que en los menús de esos restaurantes. Y para colmo, como bien dices, son caros, lentos, aburridos y te atienden autómatas programables. ¡Con lo que a mí me gustan las personas!
Me alegro de que hayas re-descubierto esos gratos lugares donde conversar ;) Ah, y ojalá tu padre se recupere pronto.
Bss
5 Diciembre 2007 | 01:26 PM